El lenguaje inclusivo en español

El lenguaje no sólo es una herramienta de comunicación sino que también influye en nuestra percepción, actitud y conducta. Asimismo refleja el mundo en el que vivimos y nos desarrollamos.

Por eso, es necesario que el lenguaje plasme la pluralidad de nuestra sociedad y la evolución en la percepción de diferentes grupos (las mujeres, las personas de edad avanzada, las personas con discapacidad, las personas con diferente origen étnico, orientación sexual, identidad de género o creencia religiosa).

En el caso concreto del español, el lenguaje inclusivo se enfrenta a numerosas dificultades debido a la amplitud y distribución geográfica de los países en los que se habla. Esta característica hace que los cambios en el uso del lenguaje no se pongan en práctica de forma homogénea en todo el territorio ya que la sensibilización de los diferentes países o culturas también evoluciona a un ritmo dispar.

En general se podría decir que la lengua española no ha sido tradicionalmente muy inclusiva ya que se trata de una lengua con dos géneros (masculino y femenino) que utiliza el género masculino para referirse también a grupos mixtos o de modo genérico. No existe, por lo tanto, ningún género neutro que haga visibles a las personas de género no binario o que represente a las mujeres en el caso del plural mixto cuando se habla de forma genérica.

En los últimos años, e incluso décadas, ha habido diferentes propuestas para lograr esta inclusión en el lenguaje y se han publicado numerosas guías para el lenguaje inclusivo.

La Real Academia Española rechazó el uso de estas guías de lenguaje no sexista en un informe del año 2012 donde aboga por un principio de economía del lenguaje y señaló que:

«... un buen paso hacia la solución del «problema de la visibilidad» sería reconocer, simple y llanamente, que, si se aplicaran las directrices propuestas en estas guías en sus términos más estrictos, no se podría hablar.»

Sin embargo, Inés Fernández-Ordóñez, una de las académicas que no suscribieron este informe, señala:

«A dichos colectivos se les ha hecho ver que la estructura de nuestra lengua funciona así, pero proponen cambiarla y, es más, lo practican. Deben ser respetados. La lengua supone cambio permanente [... y], lo mismo que en los últimos años, en pos del panhispanismo, desde la academia se han aceptado como válidos usos de cada país de habla hispana, debemos permanecer atentos y abiertos a todo cambio. »

En 2020 la Real Academia Española publicó, a petición de la Vicepresidenta del Gobierno, el "Informe de la Real Academia Española sobre el lenguaje inclusivo y cuestiones conexas", sobre todo para analizar el lenguaje de género en la Constitución Española. Allí afirma que:

«Se ha observado que algunos hablantes optan por desdoblar las expresiones que designan personas como signo visible de su adhesión pública a la causa de la igualdad de hombres y mujeres en la sociedad moderna. Aun cuando sean minoritarias, esas opciones forman parte de la libertad de los hablantes para elegir su forma de expresarse. No obstante, y como se ha recordado en este informe, la Real Academia Española no puede desestimar usos lingüísticos mayoritarios en el mundo hispánico (en todos los registros verbales), y recomendar en su lugar opciones minoritarias que no contradicen la interpretación generalizadora de las fórmulas a las que pretenden sustituir. Sería absurdo concluir que el grupo mayoritario de los hispanohablantes que emplean el masculino plural en su interpretación inclusiva, de acuerdo con los usos generales de la lengua española en todo el mundo, no comparte tales objetivos de igualdad, no sostiene esos mismos valores o no aspira a los mismos ideales. »

Con la llegada del siglo XXI, llegaron varias propuestas para evitar la discriminación de género en el lenguaje. Una de de estas propuestas fue el uso del símbolo de arroba como terminación que incluía el masculino y el femenino. En la lengua escrita esta solución daba muy buen resultado pero no funcionaba en el lenguaje oral y excluía a las personas de genero no binario.

Por eso, se propuso el uso de la -x en sustitución a @ pero presentaba el mismo problema en su pronunciación.

De esta forma, apareció la -e como una solución que evita las marcas de género y que también sirve para el lenguaje oral. Esta propuesta es la que está ganando más adeptos pero todavía no está generalizada y estandarizada.

Sin embargo, en la lengua española sí que existen diferentes estrategias que nos permiten nombrar u omitir el género sin que resulte discriminatorio.

Así podemos utilizar sustantivos indeterminados para no discriminar entre géneros e incluir también a personas con género no binario. Por ejemplo, en lugar de utilizar los trabajadores, se puede hablar de el personal.

En el ámbito laboral si nombramos una profesión o un cargo, que puede estar ocupado por un hombre o por una mujer, es posible utilizar el masculino con valor genérico (la figura del director ejecutivo). Sin embargo, siempre que hagamos referencia a una persona concreta, el nombre del cargo debería ser en masculino o en femenino, en función de la persona que ostente dicho cargo (la nueva directora ejecutiva).

El uso de la pasiva o la pasiva refleja nos permite también omitir el género o no nombrarlo. Y en los casos en los que existe ambigüedad se puede utilizar el desdoblamiento (los alumnos y las alumnas). También el tratamiento dado a los dos sexos debería ser igualitario, sin presentar a las mujeres con un papel secundario o subordinado. Por ejemplo, se han de evitar expresiones como: Macron, Putin y la señora Merkel negocian un plan de paz para Ucrania. Y en su lugar escribir: Macron, Putin y Merkel negocian un plan de paz para Ucrania. Del mismo modo, se deben evitar tratamientos que se asocian al estado civil y que denotan dependencia de una figura masculina (señorita, esposa o señora de).

En el caso del lenguaje inclusivo en relación a otros grupos que no tienen que ver con el género, también hay que centrarse en evitar los prejuicios y la discriminación sustituyendo palabras o expresiones inapropiadas o potencialmente ofensivas por otras que eviten los estereotipos y la estigmatización. Por ejemplo, evitar las palabras como ilegal, discapacitado y viejo y sustituirlas por persona migrante sin papeles, persona con discapacidad y persona mayor.

Por lo tanto, lo que se intenta con el lenguaje inclusivo es una percepción de igualdad, dando visibilidad a un grupo determinado cuando sea necesario (por ejemplo, las mujeres o las personas de género no binario), sin centrarse en las diferencias (a nadie le gusta que se le identifique por su discapacidad) o logrando que esa diferencia no tenga una connotación negativa. De esta manera podemos evitar estereotipos y actitudes denigrantes, condescendientes u ofensivas hacia otras personas.

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